Cali es una de ellas.
Hace apenas unos años, este mismo centro fue escenario de una protesta social profunda, compleja, cargada de razones visibles y otras más oscuras. Exclusiones históricas, pobreza sin salida, frustraciones acumuladas, represión exacerbada —o permitida— y una sensación colectiva de no futuro detonaron un estallido que no solo fue social, sino urbano. El espacio público quedó herido. El amoblamiento destruido. Los símbolos golpeados. La ciudad, quebrada.
Nada de eso fue simple. Nada de eso fue blanco o negro.
Por eso volver hoy al centro de Cali no es un paseo ligero. Es un acto de observación. De contraste. De silencio interior.
Caminar frente a La Ermita, ver en pie y viva la solemnidad del Edificio Coltabaco, cruzar la Plaza de Caycedo, entrar en la historia que guarda La Merced, detenerse en la Plazoleta Jairo Varela, recorrer el Museo del Oro Calima, el Museo del Banco Popular, observar las estatuas de los poetas, el Palacio de Justicia, el Museo de la Salsa, el Bulevar del Río, saludar al Gato de Tejada y sus novias, perderse en la calle de la Escopeta… todo eso provoca algo que no se puede fingir.
Asombro.