Conocido como el “pueblo de las mil y un columnas”, Ambalema se levanta a orillas del majestuoso Río Magdalena como una declaración silenciosa de identidad. Lo visitamos recientemente, Nancy y yo, en uno de nuestros periplos de viajes con destinos con sentido senior en la Rudaneta, movidos no solo por la curiosidad, sino por el deseo de comprender qué sostiene en pie a un municipio que decidió combatir el calor abrazador del plan del Tolima con arquitectura, memoria y dignidad.
Adentrarnos en sus márgenes fue más que un recorrido: fue una investigación viva. Ambalema fue emporio del tabaco, eje del comercio fluvial, territorio de pesca, ganado, arroz y alimentos que abastecieron amplias regiones del país. Su riqueza no era mito: era estructura económica real, movimiento constante, historia en expansión.
Hoy, esa historia permanece escrita en sus columnas interminables, en sus corredores ventilados, en sus fachadas blancas que no solo responden al clima, sino a una manera inteligente de habitar el trópico. Caminar por sus calles produce una sensación difícil de explicar: una tranquilidad abismal, una pausa profunda que contrasta con el vértigo moderno.
Pero lo que más conmueve no es solo lo que fue, sino el esfuerzo por seguir siendo. Se percibe el barro pisado, el trabajo paciente, la voluntad de conservación. La administración municipal y el Ministerio de Cultura de Colombia han impulsado procesos de restauración donde jóvenes estudiantes de Boyacá, desde sus escuelas de artes y oficios, aprenden y aplican las técnicas tradicionales que dieron forma a estas viviendas legendarias. No se trata de maquillar el pasado; se trata de reconstruirlo con respeto, para que Ambalema no muera.
Este video nace de esa emoción. De la certeza de que hay lugares que resisten no desde el ruido, sino desde la coherencia. Ambalema no compite con las grandes ciudades: ofrece autenticidad. No promete espectáculo: ofrece memoria. No grita modernidad: respira patrimonio.
Y nosotros, como viajeros atentos, solo hicimos lo que correspondía: asomarnos a sus recovecos, dejarnos abrazar por su calma, y contar su historia para que otros también descubran que en el corazón cálido del Tolima existe un pueblo que no se rinde, que conserva su identidad y que sigue vivo, visitable y profundamente humano.
Pero las columnas no son simplemente postes de madera, pintados de verde contra paredes blancas y techos de teja de barro cocido
Cada columna sostiene un techo, sí. Pero también sostiene memoria. Sostiene el eco del tabaco que viajó por el Río Magdalena, el rumor del comercio, el esfuerzo de manos que moldearon barro, cal y madera con la convicción de que el futuro también se construye desde el clima y la identidad.
De lejos parecen repetirse. De cerca, ninguna es igual. Como las generaciones que han pasado bajo sus corredores: unas de auge, otras de silencio; unas de bonanza, otras de espera. Y sin embargo, ahí siguen. Firmes. Alineadas.en aleros que invitan a los vecinos a compartir alegrias y esperanzas. Resistiendo el tiempo con elegancia.
Caminar entre ellas es comprender que el patrimonio no vive en los discursos, sino en lo que se sostiene día tras día. Que la historia no se defiende con nostalgia, sino con trabajo constante.
Y mientras las columnas sigan proyectando sombra sobre las calles tranquilas, Ambalema seguirá recordándonos que resistir también puede ser un acto bello. Que permanecer es una forma de victoria. Y que hay pueblos que, como sus columnas, fueron hechos para durar.
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